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Nostalgia envenenada Parte 2

El médico no hizo caso de las palabras de Adriana. Estaba convencido de poder ayudarla al rebanar el fruto y demostrarle que sus palabras no correspondían con la realidad. Al introducir el cuchillo en la gruesa cáscara, esta crujió. Adriana se puso de pie con violencia. Sus ojos enrojecieron, sus manos se crisparon. Con veloz movimiento arrebató el cuchillo y de un solo tajo degolló al joven siquiatra. Despedazó la sandía para mezclar el jugo con la sangre de su víctima. En su cuello empezaba a nacer una nueva verruga-

Guadalupe Bucio, Luna Roja.

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Nostalgia envenenada Parte 1

Era una niña, por lo mucho tendría siete años. Me encantaba ir a la feria y subirme a los co checitos chocones, al trenecito, a las tazas locas y las sillas voladoras. Aquel domingo cambió mi vida para siempre. Después de mucho rogarle a mis padres para que me dejaran ir a la feria, y por supuesto que me dieran dinero para subirme a los juegos, ya que ellos nunca tenían tiempo de

llevarme, cosa que les reclamaba una y otra vez entre gritos, llanto y un gran berrinche, se decidieron a dejarme ir, seguramente hartos de soportar mis pataletas. Le ordenaron a mi hermano mayor que me llevara y me subiera a las sillas voladoras. Luego tenía que regresar a casa y hacer la tarea.

A mi hermanito se le ocurrió usar el dinero en otro atractivo. Había un tráiler con grandes letras que decía: “venga a ver a la mujer decapitada”. Yo no sabía qué era eso, así que entramos a disfrutar del espectáculo. Un hombre, vestido con traje negro anunció con voz solemne: “hoy verán lo que ocurría en Francia

todos los días en tiempos de la revolución. Les advierto que este espectáculo no es apto para niños”. Instintivamente voltee a ver al público, yo era la más pequeña del grupo. Miré a mi hermano y éste me dijo “es un truco para asustar, no les creas nada”. El mago me miró sorprendido, se dirigió a nosotros. “No se permite la entrada de niños, vayan a que les regresen el dinero de las entradas”, luego pidió disculpas al público por la interrupción; salió a conversar con el señor de la entrada. Después de un breve cambio de palabras con el vendedor, continuó: “por primera vez, en los muchos años que llevo haciendo este acto, dejaré que los más pequeños observen la magia verdadera. Niños (yo escuché, niña) si piensan que esto les puede afectar cúbranse el rostro para no mirar”. Caminó hasta una manta blanca que cubría un objeto alargado. Prosiguió. “Señoras y señores, esto que ven aquí es…” de un tirón quitó la manta, “la guillotina. Sirve para cortar objetos duros”. Su ayudante le acercó una sandía. El mago explicó: “en Francia, cuando una persona era condenada a muerte, le amarraban las manos a la espalda, la obligaban a hincarse, colocaban su cuello sobre esta afilada navaja, luego dejaban caer, de tajo, la navaja superior; de esta forma…” Colocó la sandía sobre el filo inferior y dejó caer el metal, que estaba sujeto por una cuerda gruesa, sobre la ovalada fruta, ésta se partió en dos mitades perfectas. El jugo rojo salpicó a los espectadores. La ayudante del mago repartió servilletas de papel para que se limpiaran la sangre de la sandía. La guillotina escurría triunfante. Yo estaba muy asustada. Mi hermano me abrazó. El mago limpió su instrumento mortal, subió la parte superior de la guillotina y amarró de nuevo la cuerda que la sostenía. Habló más serio que al principio. “Pido al publico espectador guardar silencio, un sonido, una leve voz, un movimiento… puede traer consecuencias terribles para todos. Mi asistente será decapitada delante de ustedes. Miren con atención la navaja superior, contemplen su brillo, el peso del metal es suficiente para separar la cabeza de un cuerpo. Estamos en la Francia del siglo XVIII. Una mujer ha sido condenada a muerte por ser aristócrata, ella es víctima de la plebe, los pobres claman venganza. Debe morir simplemente por el crimen de nacer dentro de una familia acomodada”. La asistente se acercó a la guillotina.El mago mostró una cuerda gruesa, amarró las manos de la mujer y ordenó: ¡Híncate! Con brutal movimiento puso el cuello de la mujer sobre la navaja inferior. En el lugar donde cayera la sandía colocó un platón de aluminio, murmuró: “queremos venganza, debes morir”. Regresó al cadalso y soltó la cuerda. Un ruido seco se escuchó cuando soltó la cuerda y desprendió la cabeza. El mago se acercó al platón, lo levantó y nos mostró una cabeza que podía hablar, mover los ojos y hacer todo lo que el mago le pedía. “Para que el público vea que aún tienes vida, cierra los ojos” y los ojos se cerraron. “Ahora dinos qué sientes”. Los labios se separaron con un gesto de dolor, de su boca salía un hilo de sangre. “Dije que nos cuentes qué sientes. ¡Habla!” De sus ojos salieron lágrimas, el platón se empezó a llenar de sangre. Yo abracé a mi hermano. Cerré los ojos. Quería llorar, pero un sonido, un movimiento fuera de lo planeado podía traer consecuencias terribles. Aguanté para que la mujer pudiera vivir. En mi mente supliqué que esa tortura terminara pronto. El mago vio el platón lleno de sangre. Miró las lágrimas de su asistente. Por un momento guardó silencio, pero no pudo seguir fingiendo. “Algo está mal, lo sabía, nunca se debe hacer este acto delante de los niños. Por favor, salgan, ¡tienen que salir!, ¡tienen que salir!, ¡tienen que saliiiir!”. El mago lloraba, gritaba y sostenía una cabeza sin vida. Yo no podía moverme, me aferraba a mi hermano… un leve movimiento… un pequeño sonido… El vendedor de boletos nos empujó fuera del tráiler.

Era de noche, habíamos entrado cuando aún había un poco de luz solar. Ahora todo estaba oscuro. Le pregunté a mi hermano qué había pasado con la muchacha. “Es un truco, actuaron para que nos espantáramos. Ella está bien. Ya verás, mañana presentarán de nuevo el espectáculo. Es emocionante. ¿Quieres subirte a las sillas voladoras? Tengo un poco de dinero. No le digas a mi mamá que entramos a ver esto, me va a regañar. Anda, no pasa nada”.

A pesar de sus palabras, yo sabía que algo estaba mal. No quise subirme a ningún juego. El cuello me molestaba. Tenía frío, mucho frío. Quería ir a dormir. Me sentía cansada y extrañamente triste.

Han pasado los años, por supuesto que comer sandía, es asqueroso. No me gusta el sonido del cuchillo cuando entra en la corteza. Juro que intento mantenerme tranquila cuando alguien muerde el fruto rojo, pero no puedo evitar el pensamiento. Imagino que come sangre de alguna persona.

Usted, joven siquiatra, me lleva por caminos que a nadie convienen. Le repito que no insista en que le relate la sensación que tengo en el cuello. Estas verrugas que se forman alrededor como muestra de mi incomodidad ya han sido quemadas varias veces, de nada sirven los tratamientos. Sé muy bien a qué se deben. No quiero decir más. No insista.

¿Hoy trajo una sandía? ¿Qué pretende? Le advierto que eso no me curará el miedo, tampoco borrará los recuerdos. No saque el cuchillo, es por su bien. ¿Así que no le importa? Usted lo quiso. Me niego a mirar, me niego a escuchar. Tome mi mano, ande, mejor explore este cuerpo que no sabe morir. Deje de hacerse el loco con más preguntas. Ya le dije algo de mi niñez. ¿Quiere saber por qué soy inmortal? ¿Quiere conocer el origen de las verrugas en mi cuello? Creo que eso es lo interesante. Los loqueros, como usted, piensan que al eliminar el trauma infantil desaparece la obsesión; es mentira. Los recuerdos se remontan a otros tiempos, otros mundos. ¿Recuerda el cuento del ilusionista? No era una historia inventada. Yo fui sacrificada en aquellos años. Durante mucho tiempo he soñado ese pasado. Era muy joven, alta, tenía el pelo largo y negro. Me veo encerrada en un calabozo frío y oscuro. Espero la ejecución. También he recordado rostros. Todos han pagado por lo que me hicieron en el pasado. El primero en morir fue ese mago hipócrita. Lo seguí durante muchos años. Un día entré al acto de ilusionismo, ya no sentí miedo. Esperé que la gente saliera. Me escondí detrás del tráiler. Entrada la noche me aseguré que dormía. Le inyecté un fuerte calmante. Lo acomodé en la guillotina. Lo demás fue fácil. Cuando su cabeza se desprendió, me sentí aliviada. El maldito era verdugo hace más de cien años, por eso se dedicaba a seguir matando gente. Ya no podrá hacerlo.

Lo único que necesito para tener fuerza es recordar los rostros… bueno, también ver cómo cortan sandías. Otros han pagado caro el atrevimiento. Cada que desprendo cabezas obtengo una nueva verruga. Aunque la quemen crecerá de nuevo, son cabecitas en mi cuello. Por las noches abren sus ojitos, los contemplo en el espejo y me río de ellos. No pueden hacer nada para salir de la prisión en la que se ha convertido mi cuerpo.

Dicen que estoy loca, que imagino todo lo que cuento. Nadie ve los rostros adheridos en mi cuello, por eso estoy en este hospital. Hoy, usted se está pasando de listo. Me mira con lástima y sostiene esa sandía. Ni siquiera intente cortarla. Soy más fuerte de lo que se imagina. Recuerdo su cara. Usted estaba presente en mi ejecución, se espantó al ver mis ojos en el momento de morir. Le pedía ayuda y usted, simplemente huyó. Creí que esta vez me ayudaría. Me equivoqué. ¡No corte la sandía!


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El Libro de Piedra, dirigida por Carlos Enrique Taobada

Parte del ciclo de cine de terror mexicano, todos los martes y miércoles de octubre.

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A petición del acaudalado Eugenio Ruvalcaba, la institutriz Julia Septién es contratada para hacerse cargo de la educación de la pequeña Silvia, hija de Eugenio y de su difunta esposa. La niña se comporta de una manera extraña y afirma jugar con Hugo, la estatua de piedra de un niño leyendo un libro que adorna los jardines de la mansión. Lo que al principio parece un simple juego de la imaginación infantil se va transformando hasta convertirse en una macabra obsesión.

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Av. División del Norte Nº 3421 Loc. 1 (entre Museo y Arbol de Fuego) Col. Rancho del Rosario, Coyoacán. Ciudad de México, D. F.

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Ricardo Parra en concierto


Es un cantautor y guitarrista nacido en la ciudad de Concepción – Chile. Con ascendencia artística…

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#CaféconTinta

Título: Estudio Anatómico

Autor: Teresa Huelgas

Técnica: Temple sobre madera

Medidas: 40 x 50 cm.

Precio: $4,500

Más de esta artista: http://cafeliterario.com.mx/maria-teresa-huelgas-moreno-cafecontinta/

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Seducción #2 
Itzel Reyes
Punta Seca
43 x 36.5 cm
$800